domingo, 1 de mayo de 2011

Ernesto Sábato (1911-2011) Aquella Patria De Nuestra Infancia

"En la noche del 14 de septiembre daba yo una conferencia en un ateneo de Tucumán, nervioso y desasosegado, como estábamos todos por aquel tiempo tan lejano, como si fuéramos pasajeros de un barco al mando de un loco en medio de una tenebrosa tormenta, esperando vagas y conjeturales ayudas, tratando de penetrar, con ojos cansados de ansiosa búsqueda, en las tinieblas de la ya tan larga noche, vislumbrando o creyendo vislumbrar vacilantes lucecitas a lo lejos, comunicándonos en secreto esas creencias, cayendo mil veces de la esperanza a la desesperación, de la alegría al dolor, y volviendo en seguida a levantarnos.

Alguien me preguntó entonces qué entendía por literatura nacional. Y yo, que estaba hablando un poco de cosas cualesquiera, como hablamos de cosas triviales (del tiempo, de films, de amistades) cuando alguien que queremos entrañablemente está muriendo, tal vez por miedo de provocar o acelerar la muerte, o por pudor, o delicadeza, al oír esa pregunta sentí que dentro de mí se conmovía mi ser más profundo, ese ser que en medio del carnaval de nuestra existencia llevamos recatadamente guardado. Y de pronto, aquel ser que estaba sufriendo empezó a hablar como si fuera ajeno a mi voluntad, o como si obedeciera a otra voluntad más honda, más genuina y valerosa. Y dije que una literatura nacional no lo era porque utilizase trajes de gaucho o lenguaje de compadrito y que podía serlo, y en más profundo grado, una literatura que expresase nuestra soledad y tristeza, nuestra desesperanza y oscuridad; ya que si los problemas metafísicos del hombre son perennes (los problemas inherentes a su esencial finitud y a su esencial imperfección terrenal), esos monstruos de la soledad y la desesperanza sólo podían manifestarse en alguna noche de alguna patria, como todos los monstruos de todas las pesadillas. Y que era necesario desconfiar de una literatura de disfraces, cuando la patria había sido reemplazada por un carnaval y el amor a la patria por el más bajo patrioterismo.

Y que si la madurez de un hombre comienza en el instante en que advierte por primera vez sus limitaciones y empieza a avergonzarse de sus defectos, la madurez de una nación comienza cuando sus hijos advierten que las infinitas perfecciones en que creían en su infancia no son tales y que, como otras naciones, como todas las naciones, sus virtudes están inexorablemente unidas a sus taras, taras de las que los hombres honestos no pueden sino avergonzarse.

Y que si las cosas eran así, entonces nosotros empezábamos a ser de verdad una nación, porque muchos de nosotros estábamos ya avergonzados de ser argentinos, avergonzados hasta el dolor y el llanto.

Ya que, al fin, como cada hombre tiene después de cierta edad el rostro que se merece (puesto que ha sido construído no solamente con su carne y su sangre sino con su espíritu, con sus valentías y cobardías, con sus grandezas y sus miserias), cada nación tiene también el rostro que inmanentemente se merece, pues todos somos culpables de todo, y en cada argentino había y hay un fragmento de Perón.

Y en ese instante, personas que tenían dos, tres, cuatro cargos oficiales protestaron de mis palabras, y algunos hasta se levantaron y retiraron. Y los que se quedaron y yo quedamos allí entristecidos pero conmovidos por lo que estábamos dilucidando y confesándonos, sintiendo, como yo mismo lo dije, que no era por desamor a la patria que decíamos esas horrendas palabras, sino por amor a ella, por la inmensa aflicción que nos producía verla así: tirada por el suelo, embarrada, llena de estiércol y dinero y, lo que aún era peor, sonriendo siniestramente, vanagloriándose de revolcarse en el cieno, en la mugre, en el compadreo. Y dije también que las mejores patrias, las que han dicho algo al mundo, han sido vilipendiadas por sus escritores, por sus mejores hombres, con el corazón desgarrado y sangrante: por Holderlin, por Nietzsche, por Dostoievsky, por Baudelaire, por aquel noble espíritu de Puchkin que exclamaba con lágrimas en los ojos, después de oír las cómicas historias de Gogol: "¡Qué triste es Rusia!" Y agregué que si los Estados Unidos habían dejado de ser un jactancioso adolescente era porque sus mejores hombres habían tenido el valor de escrutar los bajos fondos de su alma y exponerlos a la vergüenza pública en sus grandes novelas y dramas. Y que mientras nosotros nos vanagloriábamos de nuestra espiritualidad y nos reíamos del materialismo yanqui, ellos habían sido capaces de edificar un gran país, lo que en verdad revelaba la grandeza de su espíritu, ya que las grandes naciones no se edifican con dólares, sino con espíritu, ya que no hay obra grande, ni siquiera simple obra, sin un espíritu, que impulse, levante y aliente a sus realizadores. Lo que aun indignó más a nuestros patrioteros, que creyeron que eso equivalía (supongo yo) a elogiar el imperialismo norteamericano, sus idioteces, helados y bebidas; cuando estaba elogiando a la gran nación que se habría revelado capaz de hacerse a sí misma; no sólo a ese inmenso y grandioso territorio de vastas praderas y grandes ríos que sus intrépidos pioneros tuvieron que conquistar palmo a palmo, en medio de formidables penurias, sino a esa nación que había sido capaz de engendrar a Edgar Poe, a Melville, a Lincoln y Wáshington, a William James, a Whitman y Faulkner; a ese poderoso país animado de tanto candor y fe (como todos los creadores), de tan invencible fe en sí mismo y en su destino que ha permitido la existencia de artistas que han escrito las cosas más terribles sobre su propia esencia.

Y mientras al día siguiente de aquella noche me dirigía a Salta con mi amigo Orce Remis, con quien sufríamos juntos en aquellos momentos, mientras el ómnibus marchaba entre las grandes quebradas del norte, resecas y calcinadas, entre hieráticos cardones y misteriosos indios, tal vez los dos meditábamos en la misma cosa: en el destino de esta nación nuestra, en esta patria que desde 1810 se había estado queriendo levantar sobre esas pampas infinitas y esas imponentes montañas y quebradas. Preguntándose uno si eso era un país, si de verdad era una patria, si de verdad era aquella de que me habían hablado inocentemente mis maestras en un perdido pueblo de la pampa; aquella patria que me imaginaba pintada por pintores tan candorosos como mis maestras, aquellos pintores de los paraguas en la mañana del 25 de mayo, ese día que, como decía Grosso; había "amanecido gris y lluvioso"; de los granaderos de azul y rojo peleando en San Lorenzo; del hermoso y gentil general Belgrano haciendo jurar la bandera sobre el río Salado; del almirante Brown dirigiendo impávido la batalla con el sable en alto, mientras abajo y a su izquierda se desangraba un herido de pecho descubierto; de los próceres con atributos para siempre estampados en el texto, junto a las líneas punteadas de la Expedición al Alto Perú: la impetuosidad de Moreno (que había necesitado tanta agua para apagar tanto fuego), y la calma y el espíritu conservador de Saavedra; y de aquella lámina que nos sumía en tiernos y melancólicos pensamientos, en que José de San Martín, "pobre y lejos de la patria", con su cansada cabeza encanecida apoyada sobre su puño y su brazo acodado sobre la mesa, rememoraba sus lejanos días de combate y de gloria, y sus pensamientos formaban una nubecita sobre su cabeza, dentro de la cual estaban dibujadas sus grandes batallas y él sobre una roca andina vigilando el paso de sus invencibles granaderos. Taciturnos y desolados, como los hombres suelen recordar los cándidos sueños de la niñez, así veíamos nuestra patria derrumbada, en sucios pedazos. Nada quedaba de aquellas infantiles imágenes.

Sí, claro: sabíamos que el mundo real es siempre imperfecto, que los sueños platónicos que los niños (y los grandes) gustan soñar, en que hay Héroes y Malvados, Justicia e Injusticia, Verdad y Mentira, son al fin nada más que sueños y que la áspera realidad está hecha de una mezcla triste e inexorable. Sí, sabíamos ya que ni San Martín era el esplendoroso General de Grosso, ni Maipú el más grande combate de la historia, ni Dorrego aquel inmaculado héroe por cuya muerte mi madre siempre lloraba. Sabíamos que todo era más imperfecto que en la pueril leyenda de nuestra infancia, y eso nos infundía melancólica pesadumbre. Pero al propio tiempo también comprendíamos que todo era mejor y más admirable, porque el conocimiento de la debilidad que es inherente a los hombres daba más mérito a las hazañas que aquellos héroes habían consumado, atravesando centenares de leguas y tremendas montañas, ateridos de frío en las grandes nevadas de los Andes, hambrientos y derrotados en aquella conmovedora retirada de Vilcapugio y Ayohuma (con pobrecitos generales improvisados a fuerza de fervor republicano y de valor moral), luchando con unos cuantos cañoncitos y algunos caballos y mulas con ejércitos que habían combatido contra Napoleón, luchando al mismo tiempo contra los enemigos de dentro, no sólo contra los resentimientos y envidias y traiciones de los flojos sino contra las propias flaquezas e imperfecciones. Y luego, casi siempre, muriendo en la pobreza y en el olvido.

De modo que no era aquel género de imperfección el que nos entristecía, puesto que ya lo sabíamos inherente a la mísera condición de los seres de carne, sangre y hueso. No: era otra la calamidad que nos atormentaba y ensombrecía. Era el ver en torno de nosotros los sucios desechos de la nación que habían querido levantar aquellos hombres.

Y cuando llegamos a Salta, después de haber cruzado el río del juramento infantil, de haber mirado gravemente y con nostalgia la quebrada que Belgrano y Dorrego y Paz habían atravesado al paso de sus caballos y mulas, a centenares de leguas de sus hermanos y madres, sin saber siquiera si sus vidas perdurarían más allá de los cerros, y mucho menos en el recuerdo de nosotros, una vez más me pregunté si seguíamos formando una patria, si era cierto que esos millones de hijos de extranjeros que vivían en Buenos Aires tenían algo en común con aquellos gauchos de grandes bombachas de Salta, con sus silenciosos indios de las dolorosas vidalas, con sus blancos llamados Güemes, o Leguizamón, o Aráoz.

Y de pronto llegó la hora. Y durante largos y tensos días y noches sufrimos juntos con los Leguizamón y los Aráoz, y vivimos juntos, y juntos escuchamos las lejanas palabras esperanzadas de otros argentinos que nos llegaban, apenas perceptibles, desde Puerto Belgrano, desde Córdoba. Y en la silenciosa noche de Salta, en medio de rumores contradictorios, hombres como yo, venidos de Buenos Aires, recibimos de hombres de Salta la orden de estar atentos a su llamado. Y entonces sentí que sí, que realmente éramos una sola patria, todos nosotros, a pesar de los miles de kilómetros que nos separan, a pesar de nuestros acentos, de nuestras bromas, de nuestras enemistades y resentimientos fraternos. Y sentí que Raúl Aráoz Anzoátegui era mi hermano de tierra y de sangre, mi hermano de patria.

Y cuando oímos aquellas modestas marchas de San Lorenzo y de la Bandera, sentimos que nuestros corazones latían con el antiguo fervor de nuestra niñez, milagrosamente incontaminado, a pesar de haber sido arrastrados (nuestros corazones) por la basura y por la infamia. Y cuando oímos la remota voz de Puerto Belgrano que nos decía que la escuadra estaba frente a Buenos Aires y que había dado plazo hasta la una al canalla que nos gobernaba, el tucumano Orce Remis y yo, que en ese momento estábamos solos frente a la radio, nos miramos y vimos que los dos estábamos llorando en silencio y que nuestras lágrimas venían de la misma y lejana y querida y añorada fuente: las ilusiones de nuestra común infancia de argentinos."

ERNESTO SÁBATO

Revista SUR, Nº 237. Por la reconstrucción nacional. Buenos Aires, Noviembre y diciembre de 1955
Seleccionado por el arq. Gustavo Brandariz

martes, 26 de abril de 2011

Croquis Maestros: Las Articulaciones Ingrávidas de Rudolph Schindler




Heredero de Wagner, Loos, Mackintosh, Sullivan, Wright y Gill, amigo de Neutra, Rudolph Michael Schindler contribuyó con sus articulaciones de elementos suspendidos e irrespetuosos de su plano de origen al carácter de la arquitectura norteamericana de mitad de siglo, y por peso histórico a la libertad de las resoluciones de las últimas 3 décadas.
Los croquis fueron tomados de:
David Gebhard. Rudolph Shindler. Londres, 1979, Thames & Hudson
James Steele. Schindler. Koln, 2005, Taschen
Agradecemos muy especialmente al gran arquitecto Fernando Santajuliana por su valioso y desinteresado aporte a este humilde espacio.
Editado por el arq. Martín Lisnovsky

domingo, 24 de abril de 2011

Peter Rice: ...Las personas vuelven a ser visibles...


“Al utilizar piezas de fundición como juntas fundamentales del edificio, las formas y figuras se liberaron del lenguaje industrial estandarizado. El público podía apreciar la preferencia del diseño individual. Esto fue posible gracias a los ordenadores, a las técnicas de análisis ya los métodos modernos de cálculo. Hemos conseguido la misma libertad que nuestros antepasados victorianos y, para dar rienda suelta a una filosofía de diseño personal, explotamos los detalles individuales. El diseño final fue, por supuesto, obra de muchas personas. Numerosos arquitectos, ingenieros y técnicos contribuyeron a la fundición y consecución de la forma real de cada pieza. Cada pieza estaba sometida al rigor de un análisis estructural detallado que aseguraba su adecuación total a su función, algo que también influyó en la forma y configuración final de la obra. Pero esa no es la cuestión. Las piezas son mejores gracias a los diferentes expertos que intervinieron en su fabricación, son más lógicas, y su forma más evidentemente correcta. Lo que importa es que se han liberado de la tiranía de la industria. Exigen la presencia de personas que miren y perciban y que, por tanto, deben entender. Esto me recuerda otro mito de la tecnología: la idea de que la elección tecnológica siempre es resultado de una lógica predeterminada; la idea de que existe una solución correcta a una cuestión tecnológica es algo muy común. Pero una solución técnica, al igual que cualquier otra decisión, es un momento en el tiempo. No es algo definitivo. La decisión es el resultado de un proceso complejo donde se analiza y examina mucha información y se elige según las evidencias. Es un momento en el tiempo y el espacio, donde lo principal son las personas, su entorno y su talento. A menudo se olvida la evidencia de la intervención humana, el síndrome de la caja negra. Así, al mirar los nuevos materiales o los antiguos materiales de forma nueva, cambiamos las reglas. Las personas vuelven a ser visibles.” Peter Rice
Del catálogo del RIBA, The Work of Peter Rice, 1992
Extraído de "Estudios sobre cultura tectónica", K.Frampton 1995

Imágenes del Crystal Palace y del Pompidou, tomadas de la web
Seleccionado por el arq. Martín Lisnovsky

domingo, 17 de abril de 2011

SC 151: Lazos de Sangre.Niemeyer en Pampulha y Zaha Hadid en Glasgow


1-Oscar Niemeyer. Capilla de San Francisco de Asís. Pampulha, Belo Horizonte 1942
2- Zaha Hadid. Riverside Building, Glasgow Transport Museum. Glasgow, 2004-2011

Editado por el arq. Martín Lisnovsky

viernes, 15 de abril de 2011

Breves: Gropius, el Artesano, Gehry y el Auditorio Disney


“La originalidad o la belleza particular de un producto depende de las características intrínsecas de la máquina que lo fabrica. La absurda imitación por la máquina de los productos hechos a mano, lleva infaliblemente el sello de un sucedáneo. La Bauhaus representó una escuela de pensamiento que creía que la diferencia entre la industria y la artesanía no radica en la distinta naturaleza de los utensillos empleados, sino en la subdivisión del trabajo en la primera y la participación del trabajador único en la segunda. La artesanía y la industria pueden ser considerados como dos polos opuestos que se acercan gradualmente uno al otro. La artesanía ha empezado ya a modificar su esencia tradicional…”
Walter Gropius, 1935. La nueva arquitectura y la Bauhaus
Fotografías del arq. Gerardo Waisman

lunes, 11 de abril de 2011

SC 150: Pantallas Urbanas Transparentes. Pompidou y Fundación Cartier


1- Richard Rogers + Renzo Piano. Centro Pompidou. Paris, 1971-1978 (otra vez!!)
2- Jean Nouvel. Fundación Cartier. Paris, 1991-1994
Entre los primeros esquemas del desarrollo del proyecto del Pompidou asoma uno que, lejos de asentarse como un volumen compacto, se desdibuja detrás de una gran pantalla reticulada. El edificio se subordina a la presencia de este gran monitor transparente urbano, idea enfatizada en el uso de circulaciones verticales y la desaparición de la esquina como tal. Nouvel , a pocos metros y casi dos décadas más tarde, retoma parte de aquél entusiasmo, aprovechando la tecnología de los 90 para sumar un poco más de elegancia.
Editado por el arq. Martín Lisnovsky

sábado, 9 de abril de 2011

ACADIA 2010 LIFE in:formation, Proceedings + Catalogue


"Under this year´s theme of Life information, we can consider ACADIA as an acosystem for exploring ideas. In an ecosystem, pioneers create colonies of followers, the way professors cultivate students away from the distraction of competing interests. Our authors incubate their efforts all year, then bring their progeny to show off and share…
…I invite you to this collection of scholarly papers, keeping in mind Walt Whitman´s words, “Do I contradict myself? Very well, then I contradict myself, I am large, I contain multitudes.” Bring a critical eye to identify where the work could be improved, and challenge the authors to refine our methods. But also look for new opportunities. Reading, listening and observing with an open mind allows us to make new hybrids and adapts proven ideas into fertile new soil. Let´s find potential synergies and develop promising grass-root efforts into groundswells.
As the digitally-savvy, we need to work across disciplinary boundaries. We can best leverage our insights into new technology by working closely with other specialist to solve crucial problems. We grow by liberating ourselves from pre-conceptions, exchanging ideas and discovering the work of others. We must leave the safety of our known territories, and reach out to create a network of learning.”
Nancy Yen-wen Cheng, presidente de ACADIA, “ACADIA, an Ecosystem for Ideas”, 2010

Desde el pasado viernes se encuentra en la biblioteca de la FADU|UBA el par de ejemplares donados por el arq. Pablo Lorenzo Eiroa.
Editado por Pablo junto a Aaron Sprecher y Shai Yeshayahu, en el mismo se deja entrever buena parte de la producción presentada el año pasado, en la 30th Conference of the Association for Computer Aided Design in Architecture: ACADIA
.
La maduración de las ideas y las propuestas de la Era Digital, la expansión de las redes de posibilidades de trabajo, la complejidad de las nuevas estructuras y la revisión histórica de gran parte de los temas que ahora, con la nueva tecnología, renuevan su mirada. Escritos de referentes globales -Antoine Picon-y de arquitectos que trabajan buscando, investigando y proyectando los caminos que marcaran el surco de nuestra generación. Un panorama completo que nos incentiva a no quedarnos con los espejitos de colores -que la misma Era facilita-, y comprender la estructura del pensamiento de nuestra propia época. Los artículos son sumamente interesantes, y el resultado general, imperdible. Están todos invitados.
Seleccionado por el arq. Martín Lisnovsky

miércoles, 6 de abril de 2011

Paulo Mendes da Rocha y el Momento en el cual el Proyecto Madura


..."De esta forma uno va juntando esas imágenes y realizando recorridos mentales: la calle, el ascensor, la entrada al volumen del museo con su doble altura, una zona climatizada, y te vas convenciendo de que no podía ser de otra manera.En ese momento aparecen las virtudes de la solución que se está adoptando..."
Tomado de...Conversaciones con Paulo Mendes da Rocha. Barcelona, 2010, Gustavo Gili
Seleccionado por el arq. Martín Lisnovsky

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