martes, 17 de marzo de 2009

Una Torre, un Balcón y una Plaza (antes de los tiempos de Facebook)



Una torre, un balcón y una plaza. La escena tiene un aire a estampa escolar y fecha patria: feliz circunstancia. Una de nuestras primeras imágenes de la República se asocia a un paisaje urbano y arquitectónico no siempre advertido. Más allá de la evocación pintoresca, hay que descubrir, bajo las formas conocidas, la raíz de su inspiración.
“Las cosas –decía Alvar Aalto- se observan demasiado bajo el aspecto formal. Los problemas más difíciles no surgen de la búsqueda de una forma para la vida actual, sino más bien del intento de crear formas que estén basadas sobre verdaderos valores humanos. La tarea del arquitecto consiste en proporcionar a la vida una estructura más sensible”. Esa estructura sensible es la que Bianchi, Prímoli y los arquitectos y albañiles del Cabildo supieron brindarle al escenario propicio para el nacimiento de la nueva Nación. Y no fue una casualidad. En su ensayo “Europa como probabilidad”, Denis de Reugemont propone una “reconstrucción” imaginaria de la sociabilidad europea partiendo de la plaza comunal: “porque alrededor de la plaza encuentran ustedes la iglesia, y el Ayuntamiento, a menudo la escuela, los cafés, el mercado y la circulación. A partir de esta plaza banal y por lo tanto típica, un sabio desembarcado de Marte o de Venus podría reconstruir sin demasiados errores las estructuras esenciales de nuestra civilización”. Y agrega: “tanto si la Mairie (Hotel de Ville, Municipio, Rathaus, Town Hall) está o no construída en la plaza –y en general lo está-, es de ella de donde deriva su sentido general. Los partidos que deciden la composición de los Consejos de la ciudad se forman primero en el ágora, en el Foro de la Roma Republicana y más tarde en la plaza de los Municipios Medievales”.
“Una plaza –escribe Julián Marías- es un centro de convivencia; es el órgano de la presencia mutua”. Por eso, “los españoles, tan urbanos, fueron llenando América, desde muy pronto, de “plazas mayores” a semejanza de las castellanas, extremeñas, andaluzas”. Estas plazas no han surgido de intelectualizaciones del paisaje urbano sino de una vigorosa predisposición hacia la convivencia civil…y civilizada. La plaza es el patio de la ciudad, no su Campo de Marte. De la plaza nació, como lo escribía Rougemont, la Municipalidad, la reunión de vecinos, en asamblea pacífica y ordenada, para resolver los asuntos de la ciudad.

Ni el Bouleteurion griego ni la Curia romana son verdaderos palacios municipales. El Municipio nace como institución alrededor del siglo XI y es, como la escuela y la universidad, uno de los indicios del florecimiento moral de una Europa que, a partir del románico y del gótico, renuncia al oscurantismo y prefiere a la razón.
El municipalismo fue una reacción contra el feudalismo: implicó la sustitución de los privilegios de los Señores, por el derecho de las ciudades; pero también fue un freno a las ambiciones absolutistas de los monarcas. “Por extraño que parezca –escribió Agustín Alvarez- fue en la belicosa España medieval donde las instituciones libres arraigaron más temprano”. En 1020 León obtuvo su fuero. Luego, una larga serie de ciudades fueron también reconocidas por los Reyes de España por su aporte a la Reconquista. La vitalidad civil de aquella España derivó del feliz entendimiento entre la Corona y los Municipios. Carlos V y Felipe II ahogaron el municipalismo y, al derrotar a los Comuneros no cimentaron su gloria sino el derrumbe de un Imperio que tuvo mejor suerte en América: la semilla estaba sembrada. El Imperio donde no se ponía el Sol, era un Imperio de Plazas Mayores, de torres, balcones y plazas, de cabildos.
También las ciudades italianas se organizaron municipalmente a partir del siglo XI y alunas de las más estupendas plazas –la de Florencia, la de Siena- son como el atrio del Palacio Municipal. Ha escrito Nilda Guglielmi que “sin negar la importancia que el monumento sacro representa, a partir de la afirmación de la burguesía aparece otro polo de atracción que compite y a veces supera al anterior, el palacio comunal, que significa el poder de la vida política. Ambos monumentos se alzan ante espacios libres de la mayor importancia para la vida ciudadana: las plazas”.

Cuenta Estrada que Tocqueville afirmaba que “el hombre constituye los reinos y las repúblicas pero las comunas parecen salir directamente de la mano de Dios”. Falsa ilusión. Siempre se ha tenido al Municipio como escuela de virtudes cívicas y de gestión, y como mecanismo de participación. Pero no ha sido siempre esa su realidad. Aún con edificios ubicados frente a plazas, las “Mairies” francesas de antes y después de la Revolución, no eran sino delegaciones del poder central, bajo formas municipales. Por el contrario, en Inglaterra, con menores evidencias edilicias, los municipios tuvieron y tienen mayor vitalidad. Allí nacieron, también en la Edad Media, como instituciones que tendían a librar a las ciudades de la voracidad fiscal de la Monarquía, y forman parte del mismo proceso simbolizado por la Carta Magna, el Habeas Corpus y la Glorious Revolution. El “Mayor” no es un agente fiscal del Rey sino el presidente del municipio, que se ocupa que los impuestos recaudados se usen bien. La afinidad entre el municipalismo español, italiano e inglés es evidente. Los modelos arquitectónicos que dieron forma a estos impulsos civiles, florecieron en Europa y en América. Nuestra Revolución de Mayo y nuestra Constitución de 1853 fueron impulsos municipalistas. Nuestra arquitectura de plazas, y de cabildos, preparó el terreno. El Palazzo del Broletto de Como, erigido en 1215, tenía la planta baja libre y el Salón de Consejo en el primer piso. La planta baja era una continuación de la plaza. En el Bargello de Florencia aparece un segundo salón, para el Ejecutivo. El Palazzo Vecchio ya es un edificio complejo, con oficinas y con su torre municipal. Lo mismo que el Palazzo Pubblico de Siena, en cuyo interior se conserva un cuadro aleccionador, pintado por Lorenzetti: “El buen y el mal gobierno”. Los Ayuntamientos de Brujas, Lovaina, Amberes, Ámsterdam, Toledo, Augsburg, Bremen, varían desde el gótico perpendicular hasta el renacimiento provinciano, pero mantienen invariado el espíritu comunal. El Ayuntamiento de París, elevado en el siglo XIII ha sido testigo de toda la historia de la Francia moderna. Allí hubiera salvado su cabeza Luis XVI.

Una de las más hermosas plazas de la historia fue el tributo de Miguel Angel al palacio municipal de Roma: EL Campidoglio. Y aún en pleno siglo XX, la torre y la plaza seguían siendo el símbolo de la ciudad. Así lo entendieron Dudok, cuando diseñó el Palacio Municipal de Hilversum, en 1930, Bustillo, cuando hizo el de Mar del Plata en 1938; e incluso Salamone, cuando pobló la provincia de Buenos Aires con insólitas municipalidades art-decó, recientemente estudiadas por Alberto Bellucci. Jacobsen (Rodovre, 1954), Bakema (Marl, 1957), Sepra (Córdoba, 1954) y Tange (Kurashiki, 1958) intentaron caminos diferentes, dentro de lenguajes modernos. Pero sin renunciar a la modernidad, sino todo lo contrario, otros arquitectos buscaron conciliar la tradición y creatividad: Alvar Aalto hizo del pequeño Ayuntamiento de Saynatsalo (1950) una obra maestra del siglo XX. Allí están la plaza y la torre. Revell curvó dos torres-placas para encerrar la plaza en el Ayuntamiento de Toronto (1958). Murphy y sus socios formaron con torres cúbicas de acero y cristal la plaza del Centro Cívico de Chicago. Pelli, en San Bernardino (1972) ha suspendido en el aire un volúmen puro de cristal espejado bajo el cual florece la plaza comunal. Richard Meier en La Haya ha proyectado un ayuntamiento abierto en dos brazos que abrazan, bajo techo, a la plaza del municipio, como brindando un cobijo a la ciudad.

En 1961 Kallmann y sus socios intentaron un camino opuesto para el Ayuntamiento de Boston: una megaestructura, casi una fortaleza de hormigón armado. Pevsner se preguntaba:”puede tenérsele cariño?”

El Team 10 ha rescatado el valor espiritual de la calle y de la plaza. Desde entonces, la teoría del paisaje urbano ha crecido en sensibilidad. De la plaza nació la Municipalidad. Que el pueblo quiera saber siempre de qué se trata; que sus representantes sean siempre dignos y capaces de rendir esas cuentas; y que la buena arquitectura sea siempre el escenario: una torre, un balcón y una plaza pueden seguir siendo, con formas renovadas, los símbolos de la vida comunal. Aún en la era del Fax y del Modem. Porque la tarea del arquitecto, como decía Alvar Aalto, “es proporcionar a la vida una estructura más sensible” a partir de verdaderos valores humanos.
Una Torre, un Balcón y una Plaza
Arq. Gustavo Brandariz, 25 noviembre 1994, suplemento Ambito Financiero
Editado por el arq. Martín Lisnovsky

2 comentarios:

Anónimo dijo...

En el diario La Nacion salió ayer que la convocatoria de la marcha contra la inseguridad en la Plaza de Mayo es furor en Facebook. Creo que el título hace alusión a eso. Le agrega un nuevo sentido al texto, escrito en "tiempos de Fax y Modem", hace 15 años!

Sienna dijo...

Un Hermoso viaje por la historia. Felicito al autor y la oportunidad de que este artículo vuelva a salir a la luz. Muy Gratificante

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