miércoles, 12 de septiembre de 2007

La lección del Modernismo



Mientras esperamos definir la agenda para la postergada charla sobre el modernismo y las ideas que hoy se mantienen vigentes, que va camino a dar el marco de cierre a la excelente muestra sobre la obra de Lluis Domenech I Montaner montada actualmente en el Centro Cultural Borges de la ciudad de Buenos Aires, les dejo el texto con el boceto inicial desarrollado para la misma.

La lección del Modernismo
Ha pasado un siglo desde su desarrollo y aún mantiene en nosotros la admiración y el interés propio de un mundo lleno de habilidad, originalidad, perseverancia y orgullo, decidido a forjar el camino de su propia identidad.
Los términos “modernismo”, “art-nouveau”, “jugendstil”, “liberty” y “modern-style” son denominaciones regionales referidas a producciones de diseño y arquitectura con características similares ocurridas entre finales del siglo XIX y principios del XX. Herederos de la visión integradora de todas las disciplinas que promulgaban los “arts & crafts”, su obra representa la definición que William Morris pronunciaba sobre el arte, como “la forma en que el hombre transmite la alegría de su trabajo”. Entre los personajes principales encontramos a Víctor Horta (1861-1947) en Bruselas, Charles Rennie Mackintosh (1868 - 1928) en Glasgow y Lluís Domènech i Montaner (1850-1923) y Antoni Gaudí (1852-1926) en Barcelona.
¿Cuál es la mejor lección, inherente a las obras “modernistas”, para un arquitecto del siglo XXI?
Todos ellos se encontraban con factores contextuales de características similares: un mundo de culturas diversas que comenzaba a contactarse con conciencia global, una revolución industrial ya adulta y conciente de las posibilidades estructurales y expresivas, provincias prósperas en lo comercial y lo económico, sintonía con el poder político y con sus preocupaciones regionales, alta calidad y disponibilidad en el trabajo artesanal y el principal motor de cambio de cualquier generación: la voluntad innegociable de una búsqueda constante por alejarse de un pasado ajeno, cerrado y obsoleto hacia un fututo propio, abierto y mucho más humano.
En ese contexto tan favorable, los arquitectos estuvieron a la altura de las circunstancias, que no es poco decir. A la economía y los recursos, le sumaron libertad de creación y se convirtieron en verdaderos directores de arte de proyectos repletos de artesanos cuyas técnicas variaban entre las costumbres más ancestrales y los últimos desarrollos de la industria. Sus obras desbordan de ideas y sueños de independencia y el único límite era el de conseguir cierta homogeneidad en las diferentes expresiones. Aquí no hay camino de síntesis, y los detalles no expresan nunca la totalidad del proyecto. Inclusive encontramos fragmentos del choque cultural del momento. Son capas y capas de diseño superpuestas que para su análisis hay que desmenuzar lentamente.
Las estructuras de Gaudí, los planteos tipológicos y espaciales de Horta, el esquema racional de Mackintosh, las fachadas libres de Domenech i Montaner, son verdaderos avances ante el eclecticismo dominante; los diseños interiores para elementos decorativos y el mobiliario eran pasos secundarios aunque no menos importantes. Los edificios encontraron el color exterior que desde civilizaciones antiguas no poseían la contundencia de una pirotecnia impresionista, movimiento pictórico levemente anterior y cuyo relativo éxito de crítica de entonces se nos presenta hoy como inexplicable.
A diferencia de los “modernos” de las décadas del veinte, los “modernistas” no cerraban los ojos hacia el pasado. La oposición no estaba cegada por la razón sino por el mundo ya vacío de contenido, que las distintas repercusiones de la Academia habían despertado. Para ellos no había un referente clásico abrazado a Grecia y Roma sino una gran paleta que abarcaba las expresiones más prolíficas de todas las épocas. Las culturas árabes, persas, indias, japonesas eran soluciones encontradas en tierras lejanas que bien podrían incorporarlas activamente a sus proyectos.
La misma mitología y el folklore regional eran engranajes fundamentales, ya que representaban el corazón del pueblo, sus creencias y tradiciones más profundas y el paso necesario para lograr identificar a la sociedad en las nuevas propuestas.

¿Cuál es, entonces la mejor lección para un arquitecto del siglo XXI?
La de aprovechar las posibilidades del contexto, abrir bien los ojos ante cualquier ejemplo del pasado, no renunciar nunca a la libertad creativa y comprender que la identidad de nuestro trabajo es un camino que deberemos forjar con fe y perseverancia, transmitiendo aquella alegría que observaba William Morris.

Arq. Martín Lisnovsky, profesor adjunto
Arq. Juan Diego Martínez
Cátedra Brandariz, Historia
Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, Universidad de Buenos Aires
web www.fadu.uba.ar/catedras • blog www.arquitecturamashistoria.blogspot.com

Las imágenes de las obras de Domenech I Montaner fueron tomadas de Flickr y tienen derechos
Editado por el arq. Martín Lisnovsky

4 comentarios:

Andrea Funes dijo...

Peor que mirada positiva tiene algunos de las experiencias decorativas de la arquitectura. A mi siempre me gustaron estos edificios pero no les veo mucha relación con lo que se esta haciendo por estos tiempos. Nos veremos en la charla, confirmen pronto y suerte

Anónimo dijo...

Si, el art nouveau infiere una gran creatividad en varios ordenes del edificio. Es una epoca muy menospreciada por los designers

Anónimo dijo...

Suerte!

Anónimo dijo...

Y el Romanticismo Nacional de Saarinen?

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