sábado, 15 de diciembre de 2007

Oscar Niemeyer, el Gran Maestro de la Libertad, cumple 100 años



El Hombre traza una recta. La Ciencia avanza. Luego prosigue con otras de igual tamaño hasta que cierra la figura, un perfecto cuadrado. La Ciencia triunfa. La confianza le invade y se anima a grillas y tramas ortogonales y hasta la experiencia palpitante de un cubo. Luego intenta alejarse de la sola razón y libera la mano, sin ataduras en el papel y en el espacio. Si pensamos que a ese desafío le deberá corresponder el milagro del arte, de la correcta función, de la justa proporción, del problema de la construcción, en un tamaño tal que albergue a cientos de hombres pero donde cada uno conserve en todo momento la escala y su humanidad cultural, deberá entonces ser un trabajo destinado a ser realizado por los Dioses, o quienes ellos puntualmente designen. Oscar Ribeiro de Almeida Niemeyer Soares es un elegido. Y está cumpliendo 100 años.
Las obras del genio de Niemeyer no son generadas a partir de la cultura brasilera, sólo en los primeros tiempos se basaban en la tradición constructiva y espacial local, determinadas en relación directa al clima, aunque con materiales nuevos. Más bien han ayudado a definir un país cuya búsqueda de identidad se apoyó sabiamente en estos personajes únicos. ¿O acaso el Palacio de los Congresos de Brasilia o el Museo de Arte Contemporáneo en Niteroi tienen algo que ver con el perfil y la cultura urbana del Brasil tradicional?
Tomando distancia del cuentito lineal de la arquitectura moderna y su período heroico, a partir de la década del 30 -cuando Oscar se recibió en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Río de Janeiro-, los maestros europeos parecían atrapados en un callejón sin salida, más por el destino de sus palabras que por la realidad de sus obras. El resplandor de una arquitectura renovada y posible en el mundo real comenzó a despuntar en forma paralela en diversos lugares del globo. Inyectado nuevas ideas al anémico y cerrado movimiento moderno, encontramos en estos personajes el equilibrio entre la tecnología, la poesía y el folclore cultural que tanto se buscó en las décadas anteriores. Es la madurez y el asentamiento firme que terminaron por poner fin a problemas irresueltos como el de la escala y cerraron terminantemente las puertas de la vieja academia. Una nueva mas libre se había consolidado
Fue a partir de la década del 40, con el Casino y la Iglesia de San Francisco, parte del Centro Cívico y Urbano de Pampulha en Belho Horizonte, que el camino en Sudamérica se encontró ante una posibilidad concreta de creación bajo las nuevas premisas. El proyecto para el edificio del Ministerio de Educación y Sanidad de Río de Janeiro (1936-1945)como parte de un grupo liderado por Lucio Costa con los consejos de Le Corbusier le ofreció dos lazos eternos: su relación con el gran maestro, que continuaría en admiración mutua, y la experiencia de la geometría de Roberto Burle Marx, que parecía poder armonizar la fauna brasilera con los trazos de la modernidad.
El sueño de la modernidad no depende del hierro y el vidrio, sino de la captura del espacio y su poesía. El Casino de Pampulha eleva el desarme de la caja de sus colegas predesores hacia articulaciones variadas de forma que no parecen domesticar la aceleración espacial que Oscar les impregna.
Compartiendo palmo a palmo en longevidad profesional con Frank Lloyd Wright, sorprende la coincidencia que en sus últimos años los deseos de ambos se elevasen hacia mundos idílicos que describen escenografías interespaciales.
Sin depender de socios compensativos ni jóvenes asociados prometedores de aires renovados, su lápiz sale aireoso de cualquier comparación con la arquitectura que el mundo arquitectónico viene gestando desde 7 décadas atrás. Su condición de Genio ajena a las modas de cada época y a su correspondiente crítica mediática, pretende liberar el impulso animal y poético frente al enjambre de capas de razonamiento que encarcelan las obras más intelectuales. El corazón crea y su mente respalda las ideas.
Ante la inestabilidad emocional de la fragmentación y multiplicidad actual, sus obras parecen simples y quijotescas ideas consolidadas, muchas veces escondidas detrás de la eterna modernidad del blanco y de la revalorización del volumen.
El gran Oscar cumple 100. Y nosotros brindamos por su felicidad.

Una compilación de fotografías de diversas épocas para ejemplificar la coherencia de una obra irrepetible, que demostró la fe y la consistencia de las ideas de la arquitectura moderna.


Todas las imágenes fueron tomadas de la web y podrían tener derechos
Editado por el arq. Martín Lisnovsky

5 comentarios:

Dana dijo...

¡Cien aplausos bien fuertes para el más original de los Maestros!

5Arquitekts dijo...

Un muy buen homenaje

Anónimo dijo...

saludos... 1o. al arq. martín lisnovsky por este sitio tan extraordinario y actual... 2o. yo felicito también al arq. niemeyer, no solo es difícil llegar a los 100sino como llegar y el lo ha hecho parado y con los pies y manos produciendo. envío a los arquitectos internautas y quién no lo sean un saludo de puerto vallarta, jalisco. México los quiere.

arq. Martín Lisnovsky dijo...

gracias anónimo desde jalisco. Por un gran 2008!

Anónimo dijo...

Saludos desde Colima, colima Mexico para el mundo!!! Una humilde y sincera felicitaciòn para usted Sr.arq. Martín Lisnovsky por la original,fresca y hasta poetica visiòn del arte y la arquitectura moderna que nos ofrece en esta atractiva nota. Me uno a esta celebraciòn por los 100años del gran Maestro Oscar Niemeyer que a mi ver es un ser humano extraordinario,ya que su arquitectura asi lo revela,pues por el fruto se conoce al àrbol, y este...es uno extraordinario!. Felicidadez Maestro!

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